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Grândola

Hará aproximadamente unos cinco o seis años que decidí llamarme Grândola.

Soy de una tierra donde la inmigración es un hecho, no en vano se nos llama “la torre de Babel”. Crecí oyendo portugués en el colegio, en las calles,en el mercado. Era la colonia más numerosa de las múltiples nacionalidades que se daban cita en mi pueblo. En mi calle, donde crecí de niña, había el mismo número de familias portuguesas que españolas, así que un día me interesé por su cultura. Fue cuando conocí la historia de su revolución, aquella revolución que había empezado cantando.

Grândola, un precioso himno que habla del poder popular, de la fraternidad, de la solidaridad y la igualdad. Juré tener por compañera su voluntad… y me bauticé como Grândola en las redes sociales. No fue mi primer nombre, el primero era un homenaje a Benedetti, pero sí ha sido el definitivo.

Me siento identificada con la canción, con la revolución de los claveles, con ese clavel al que asocio sin pretenderlo a Pasionaria. Me identifico con ese nombre, y me gusta que esta identidad que mantengo en red traspase a mi vida privada. Me gusta que después de “desvirtualizarme” me sigan llamando Grândola. Es un nombre precioso, con fuerza, identidad, simbología y mucha carga.

Pero Grândola no sólo es una canción, Grândola es una pequeña población portuguesa a la que me llevaron hace un par de años como colofón final de un viaje a Lisboa. Una enorme sorpresa que me dieron en una época chunga, llena de dolorosas enfermedades interminables, devenir de quirófanos y pruebas inciertas.  Mi pareja quería que pasease por sus calles, me tomase un café en su plaza y me hiciese una foto junto al cartel de Grândola. La sorpresa me dio todas las energías que me faltaban.

Esta foto es de un enorme mosico de azulejos que hay a la entrada del pueblo. Es la imagen que me he puesto de perfil en twitter. En él está la partitura de la canción, la letra y todos los nombres que hicieron posible la revolución.

Un detalle del mosaico con la partitura

O cravo:

Detalle de la leyenda con los nombres:

Detalle de la  partitura:

Y cómo no, como mi viaje fue en este puente de mayo, las calles de Lisboa estaban plagadas de carteles como éste:

Transición

Llega una etapa de transición en mi vida, de meditación en lo personal y de mirarme el ombligo y pensar en mi misma. Recuperada la estabilidad en el trabajo, mi familia centrada en sus cosas y una nueva fase militante ya quemada, toca repensar mi vida.

Llevo unos años dando tumbos, en los que periodos de larga enfermedad y otras cuestiones, han hecho que vaya a trompicones y “dejándome llevar” por el día a día. No he tenido espacio para meditar porque tal vez lo inmediato que veía me asustaba, pero ahora siento que ha llegado el momento de replantearme muchas cosas. Me asoma de nuevo esa rebeldía que tengo que transformar en positivo, que canalizar para que no me arrastre al abismo. Nunca imaginé que las palabras que “el Pecas” me dijo apenas cumplidos los 17 iban a tener tanto eco en mi interior y resonasen como una constante a lo largo de mi vida.

Toca sentarse ante el espejo, sonreir a las canas y contar arrugas. Toca una fase de tranquilidad para encontrar la armonía perdida. Toca redescubrirme, quererme, mimarme. Toca disfrutar y dejar que me disfruten. Toca dejar ver la vida pasar por un tiempo sin importarme que pase le vida. Toca aparcar por un tiempo a Grândola para que asome de nuevo esa Pequebú medio conformista.

En este tiempo, que no se cuanto durará (el único que he tenido fueron años), tal vez recupere la artesanía, tal vez me apunte a un curso de escritura, tal vez de la vuelta al mundo en Globo o tal vez mi peque y yo nos vayamos por fin a adoptar una niña al África más profunda.

Empecé a militar a los 16 años, en una lucha descarnada y fratricida con la que me gané el sobrenombre de Pasionaria. Lo dejé a los 21. En la Facultad tonteé con el mundo okupa y movimientos estudiantiles sin comprometerme. Retomé la militancia con 29, recién incorporada al “mercado laboral ” tras trabajos precarios y lo dejé a los 37  exhausta, cansada, quemada. Casi cuatro años de enfermedades intermitentes combinadas con una nueva militancia en otros frentes han dado como resultado que además de exhausta, cansada y quemada, ahora esté perdida.  Aparqué mi carrera profesional y lo que es más importante, sacrifiqué mi familia. No he tenido tiempo para pensar qué era lo que realmente quería.

Así que, tras provocar una ruptura porque la cobardía y ese “dejarme llevar” me impiden tomar decisiones por mi misma, voy a recuperar mi vida. Una vida donde las velas las mueva yo al son del viento que más me guste.

Siempre en mi memoria

Bandera infatigable del hombre acorralado,

de un pueblo que no quiere vivir amordazado.

¿Quién nos puede negar?

¿Por qué nos regatean respirar?

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Huelga General y lección de dignidad

Tal vez la primera lección de dignidad que me dio mi padre siendo yo pequeña fue el día que se autodespidió del trabajo. Mi padre era conductor del autobús que llevaba a los mineros al tajo y una vez allí se dedicaba a transportar el carbón con un camión. Sólo había dos personas que hacían ese trabajo.

Su compañero un mal día tuvo un accidente. El camión que conducía se despeñó por un precipicio. Afortunadamente pudo salvar la vida pero la empresa lo despidió alegando que había sido una imprudencia.

Esa jornada mi padre siguió trabajando como si tal cosa, pero cuando finalizó el turno y antes de coger el autobús se pasó por las oficinas, les dijo que buscasen otro conductor que llevase ese día a los mineros porque él ya no trabajaba más allí. La explicación que les dio fue sencilla: “si han hecho esto a un compañero no me libro de que mañana me lo hagan a mi. Si él vuelve a la empresa yo vuelvo, de lo contrario busquen dos conductores y no uno”.

Mi padre se subió al autobús, ocupó un asiento y dio las explicaciones oportunas a sus compañeros para pasmo de algunos “sindicalistas” con los que no estaba muy de acuerdo. No había nadie que pudiese llevarlos porque nadie disponía de ese carnet. Los responsables de la mina continuaron la conversación con mi padre dentro del autocar. “No te pongas así, hombre, que esto no va contigo” le decían. “Si quieren que esto se mueva llamen a Fulanito y lo vuelven a readmitir en la empresa, de lo contrario busquen dos conductores y uno por la vía de urgencia”. Mi padre no se apeaba de la burra.

Su compañero fue readmitido. Esa noche llamó a mi padre para preguntarle qué había hecho porque le habían dicho que si volvía a trabajar era gracias a él. Mi padre le respondío que hizo lo que tenía que hacer y lo que teníamos que hacer todos: “defender nuestros derechos y actuar frente a las injusticias”. No sería la última vez que mi padre se plantó ante la empresa.

Mi padre siempre me ha dicho que la huelga justa no es la que se hace por motivos salariales, es la que se hace por condiciones laborales. También me dijo el otro día que ahora tocaba pararles los pies con la Huelga General, que cuando se pelearon por un mundo mejor y con derechos era porque sabían que era la única herencia que podrían dejarle a sus hijos.

Hacer huelga mañana es una lección de dignidad, como las muchas que me dio y me da mi padre.